miércoles, 11 de abril de 2012

Castigo del Equívoco
Fue en la época en que las mujeres se encendían y apagaban como luciérnagas. Una de ellas, luego de concebir, quedó encendida por tiempo indeterminado. Los jueces desconfiaron e hicieron degollar al niño. Ante el pánico general, la mujer se apagó para siempre.


EL ORDEN DE LA CASA

Cuando por fin decidió incendiar la biblioteca se aseguró  de que el orden de la casa comenzara por cerrar puertas y ventanas por dentro.

En la espera de Lot

La estatua de sal hablò a los hombres. Estos le dieron a espalda; entonces la estatua volvió a ser de carne y huesos.

Regresión
Con el estertor culminaron los sufrimientos del niño y la vigilia de sus progenitores. Durante la noche, ante el estupor de familiares y condolíentes se incorporó con naturalidad hasta quedar sentado en el féretro. Sus ojos buscaron los de sus padres. Sus palabras sonaron pacíficas, casi ordinarias en el silenció de la sala mortuoria. No lloren ya. Sólo ha sido un sueño, dijo el niño. Acto seguido volvió a la posición horizontal y disminuyó de tamaño hasta mudar de forma, de manera que en una fracción de tiempo incorruptible, pasó a infante, feto y embrión, hasta desaparecer en un aroma acuoso, de reminiscencias terciarias. Es leyenda que lo vieran en forma recurrente en los años siguientes, cabalgando cuando los vendavales azotaban la costa.

La sombra y el  Falso Lirio

   No sabría deducir la falsa condición de un lirio. Es más, nadie podría deducir a ciencia cierta qué diferencia a éste de los lirios verdaderos. El sabía de lo efímero de la condición del lirio.                                                                         Este conocimiento le dio la pauta de que la intensidad del sol  de verano apresuraría su ciclo vital y con èllo el desenlace fatal. De modo que sólo su sombra podría preservarlo.  No contó con el hecho de que su sombra era exigua de por sí, y era poco lo que podía hacer a favor del falso lirio.                                                                                         Al medio día con el sol en su cenit, llegò el desenlace crucial. Fueron en vano las lágrimas con las que quiso refrescar la flor y las hojas  marchitas.  Vanas fueron las palabras de súplicas y aliento. En un acto de frustración infinita, (o porque sus fuerzas habían alcanzado el límite exacto de debilidad), el hombre se disolvió en el hilo de sombra que lo  sostenía. La sombra permaneció aún bajo los rayos del sol, hasta la hora del crepúsculo. Cuando con dificultad se puso de pie, hizo el recorrido que su dueño, el hombre,  quiso hacer durante el día y sin remordimiento se confundió con los primeros fragmentos dé la noche.
PROLOGO

       Nací en Goya, provincia de Corrientes, Argentina, el 24 de agosto de 1951. Supe temprano, en mi pre adolescencia, que sería escritor.
El ejercicio de la poesía y el relato fueron hábitos  cotidianos en mi vida. A esa diversidad fueron incorporándose otras formas, como el teatro,
el ensayo y la novela. Aforismos, micro relatos y poemas brevísimos, acudieron a mí casi sin que me diera cuenta de ello. Hay elementos oníricos que los hace parecer sonambularios. Sin embargo, no admito mi escritura como juego azaroso.
Desde fines de la década del sesenta publiquè en distintos medios: Diarios, revistas, antologías y dos libros en la década del ochenta, además de una selección de aforismos.
    Los trabajos escogidos para mi Antología Sumaria pertenecen a distintas épocas. No están ordenados cronológicamente. Quiero que se los vea como notas sueltas de una sinfonía que aún no ha concluìdo.
   Debo al buen gusto de mi hijo Cesar la diagramacìòn de este libro además  de la selección de dibujos y èso que llamè Cuatridio. El dibujo y la pintura  me acompañan en los reposos de la palabra escrita.

Si alguna frase, algún verso, es digno del recuerdo de mi lector me sentiré justificado…




POESÍAS, MICRO RELATOS Y AFORISMOS
                                   CUATRIVIO I (Nahuél Ceró)





Elegìa del Comensal Nocturno

 

Para ser único  comensal una noche de invierno
en un bar, frente a una plaza,  debe haber dónde ausentarse,
 dònde sentarse,  dónde acodar el mundo, dònde caerse muerto,
 dónde surtir de migas  los ojos de su prole.


Para tomar distancia en medio de la ciudad ,
 para beber y morder , para escribir, ex profeso estos versos,
 rodeado de sí mismo antes que los silencios perturbados  de la ciudad ,
   es necesario haber sido mucho más que uno mismo.
 un poco más que un hombre sentado en el retrato
que custodian sus deudos.

 Yo querría, después de cenar,
 comerme la  gratitud de una mujer  que implora,
 ochenta veces siete, un silencio piadoso a sus cuatro lobeznos,
   a sus  cuatro cotorras incurables y tácitas.

 Yo querría  aplacar la furia materna con un beso aromático
   de café libertario , diciéndole, sumiso :
 “…déjalos , yo también , alguna vez …”
  O sumiendo en mis mieles sus ojos de madera , susurrarle:
 “… hace doscientos años , en París …¿ no recuerdas ?”
        Pero uno debe  ser un poco triste,
  un poco incrédulo, un poco ajeno para comer de un trote
y beberse de un soplo su copa constelada  y sopesar el dìa
como un trozo de carne rodeado de fideos.
  
  
 O debe tener paciencia y un poco  de sal en los bolsillos
  para estarse tan sólo  en este invierno
 el rostro sitiado en preguntas y relámpagos muertos en la frente,
 con caricias antiguas en el cuerpo y los ojos cayendo en sí mismos,
 para ver un poco más que su propio  cuerpo.
 Yo tuve una mujer. O más de una. Ya no me acuerdo.
  Sé que adoré la luna inmensa de su vientre creciente,
Y me anudè, como un sello, a su claro espejismo.
  Hubo una noche fría y una estrella entreabriendo sus espadas benignas
 para que yo, señalado rival, viera el rostro del niño que desbordó el espejo.
                                                                                                                                                                                                                                                   Sopla un viento redondo como un libro.
 Un vino adrede quiere ceder, durmiéndose, entre los labios.
 La copa se parece a una mujer pequeña.
 Pero la copa se parece  a una copa y no alcanza para cerrar las puertas
 de una casa que sangra de repente por   todos sus costados.
 Porque un hombre a solas  se  de mora, se atasca, se reduce, se manca,
 escribiendo al costado de sí mismo.
 Como si con èl sangrara alguien más esta noche ,
 ahora que solamente los abandonados cenan a solas
 en un bar , en invierno , cuando llueve en el pecho , y lejos ,
 entre recuerdos y fotos insufribles
 un niño , o una niña , se acuerdan de otros días,                                                                                                                                             del hombre que no está y que tarda en volver.                                                                                                                                                                     
                                                                              San Nicolàs de los Arroyos, 1989